ENRIQUE CADICAMO: VIDA Y OBRA
  Respirando como un fueye
 

RESPIRANDO COMO UN FUEYE
Premio de Ensayo Edenor, 2001.
27ª Feria Internac. del Libro Bs. As. (2001)
Del libro "Doce ventanas al Tango".
Jurado: Hilda Guerra - Luis Gregorich - Fernando Lavore
Ricardo Ostuni - Fernando Sánchez Zinny


Por: Ariel Carrizo Pacheco



 


 


I. Breve historia del bandoneón
 
El bandoneón nació en Alemania, debido al ingenio de Carl Friedrich Uhling, quien lo creó como una variante de la concertina inglesa - especie de acordeón de figura hexago­nal - allá por el año 1830. Su nombre deriva de Henrich Band, quien lo perfeccionó para industrializarlo. En 1864, Alfred Amold comenzó a producir en serie los predilectos bandoneones Doble A ( A A ).
Aunque los campesinos bávaros y hamburgueses lo to­caban para animar sus fiestas o para interpretar música sa­cra, por aquel entonces este instrumento no llegó a popula­rizarse demasiado en Alemania.
Años más tarde, el Río de la Plata habría de atestiguar el alumbramiento de una música cadenciosa como ninguna: EL TANGO, que llegaría a convertirse en la expresión más ri­ca y representativa de nuestra cultura.
      Los primeros instrumentos que formaron los primitivos conjuntos de tango, fueron: el violín, la guitarra, el bombo y el arpa. Una formación como ésta, era la que a fines del siglo XIX había sido gestada por un grupo de mulatos que se reunía en la famosa Carpa del Sargento Maciel, ubicada en el solar que actualmente ocupa el Plaza Hotel. Enrique Cadí­camo afirma que allí - en la ochava noreste de las calles hoy denominadas Florida y Marcelo T. de Alvear - fue donde na­ció el tango, entre los descendientes de África. (1)
Con el paso del tiempo, el piano y el contrabajo fueron supliendo al bombo y al arpa, para formar agrupaciones más porteñas e ir dándole renombre al nuevo género, ya bautizado Tango; una música ciudadana y a la vez universal, que mientras tanto estaba a la espera inconsciente de aquel instrumento que le daría voz propia y que, por merecido designio, no se hizo rogar demasiado: EL BANDONEÓN.
Así es, el "fueye" (2) estaba destinado a enriquecer al tango con sus múltiples matices que, entre tonos amargos y des­garradores, dejan filtrar de vez en cuando alguna carcajada dolorida.
El bandoneón se asfixiaba en Europa; tenía necesidad de respirar los aires porteños para oxigenarse con tangos que a su vez esperaban ser interpretados dentro de esa caja mis­teriosa, hecha a su íntima medida. De aquella atmósfera im­pregnada de lieders, valses y polkas, heredó su profundo li­rismo inconfundible. Sin embargo fue en la porteña placenta donde adquirió su verdadero acento.
 
II. Los bandoneonistas
 
El primer bandoneonista argentino fue Sebastián Ra­mos Mejía, alias El Pardo, un cochero de tranvías a caballos de las compañías Buenos Aires y Belgrano.
      El Pardo fue quien encendió el fervor tanguero en las venas de Cipriano Navas y de los hermanos Santa Cruz. To­caba en el café Atenas, de Canning y Santa Fe, allá por el año 1908, entre un clima de hampa y una atmósfera orille­ra propia de aquellos tiempos dominados por malevos y compadritos.
Otro de los pioneros del bandoneón fue Antonio Chia­pe quien -influido por El Pardo- se dio el lujo de desafiar, mediante avisos en los periódicos, a todos aquellos que to­caran los extraordinarios valses de Waldteufeld.
A medida que el tango se iba popularizando, fueron surgiendo reductos cuyos nombres ya forman parte de nues­tra mítica historia popular: el Almacén Suizo, el café La cas­tellana, el recreo El Pasatiempo, y milongas como las que transcurrían en la Calle Chile, en la concurrida Casa de Laura o en el Cabaret Montmartre de la calle Corrientes.
Los concurrentes bailaban al compás de conjuntos que obtuvieron valedera nombradía. Uno de los más prestigio­sos fue el trío integrado por Eduardo Arolas (bandoneón), Juan Carlos Cobián (piano) y Tito Roccatagliata (violín)
      Si hacemos un repaso por la nómina de bandoneonis­tas renombrados, notaremos que éstos en gran parte coinci­den con los músicos y compositores más trascendentes que ha dado el tango. La lista es extensa. Antes de sintetizar las biografías de cuatro de los talentos más representativos, mencionaré unos cuantos artistas ineludibles: Vicente Gre­co, Juan Maglio Pacho, Ernesto de la Cruz - autor junto a Francisco Marino de El ciruja -, Arturo Bernstein, Anselmo Aieta - quien creó con García Jiménez éxitos como Bajo Bel­grano y Palomita blanca -, Manuel Pizarro - pionero del tan­go en París -, Osvaldo Fresedo - compositor de clásicos co­mo El once o Vida mía, ambos con letra de su hermano Emilio-, Carlos Marcucci -un bandoneonista de gran do­minio técnico -, Aníbal Troilo - autor de hondas melodías, como la de Garúa, que lleva versos de Cadícamo -, Mario Melfi, Eduardo Rovira, el revolucionario Astor Piazzolla... y volviendo a la actualidad, cabe destacar que contamos con muchos 'fueyeros", en su gran mayoría discípulos de los maestros que emergieron a la fama a partir de la década del 20. Entre otros, sobresalen: Leopoldo Federico, Raúl Garello, Osvaldo Piro, José Libertella, Luis Stazo, Pascual Mamone, Ernesto Baffa, Rubén Juárez, Daniel Binelli, Néstor Marconi, Walter Rios y Rodolfo Mederos.
 
Ahora recorreremos brevemente cuatro trayectorias ar­tísticas que bien se merecen un párrafo aparte:
 
* EDUARDO AROLAS
 
El legendario Eduardo Arolas - seudónimo de Lorenzo Arola - ha sido un artista truncado tempranamente por la muerte. Fue un dandy estrafalario, un gran compositor y un bandoneonista adelantado para su época.
Nació el 24 de febrero de 1892. Su primera creación sur­gió mientras celebraba sus 17 años, a raíz de que sus amigos le pidieron un tango. Tomó su bandoneón y ahí nomás im­provisó Una noche de garufa. Francisco Canaro más tarde se lo pasaría al pentagrama para así incorporarlo a su reperto­rio. Luego fue interpretado por orquestas de forjadores co­mo Vicente Greco y Roberto Firpo. Precisamente, con este último compuso Fuegos artificiales, en los comienzos de la década del 20. De su inspiración también surgieron tangos como La Cachíla, Comme il faut, Rawson, ¡No! (3) y El Mame (este último fue dedicado a la batalla que, a orillas de ese río, en 1914 los franceses le ganaron a los alemanes.)
En pleno ascenso artístico, Arolas fallece en París (la ciudad de sus padres) el 29 de septiembre de 1924,(4) a los 32 años, dejándonos un rico legado de más de 50 tangos.
Sus valores humanos, sumados a su enorme talento, ob­tuvieron un amplio reconocimiento, tanto por parte de sus colegas, como de su pueblo. Prueba de ello es que Pedro Laurenz, Julio De Caro, Pacífico Lambertucci, Angel D'A­gostino y Enrique Cadícamo, le han dedicado sentidos tan­gos: Compañero te perdí, Se llamaba Eduardo Arolas, El tigre del bandoneón, etcétera.
 
* PAQUITA BERNARDO
 
Esta notable mujer - que vivió apenas 24 años - fue la primera que logró obtener un lugar importante en los pal­cos tangueros, tocando el bandoneón al frente de su conjunto.
Nació en Villa Crespo - barrio en donde vivieron varios forjadores del porteñismo, como Celedonio Flores, Leopol­do Marechal y Ben Molar - el 10 de mayo de 1900.
A los 20 años comenzó a tocar el fueye en algunos ca­fés del centro. Fue alumna de Augusto Berto y, más tarde, de Pedro Maffia y Enrique García, con quienes perfeccionó su técnica.
Llegó a formar su propio sexteto, con el que se presen­taba en el Café Domínguez de la vieja Corrientes angosta.
      Durante el primer mes de actuación, el público desbordaba aquel bar de tal forma, que la calle quedaba cortada. Hasta los conductores de los tranvías se detenían para oír atenta­mente aquella novedosa orquesta. Los diarios de la época testimoniaban esas justificadas curiosidades en destacables columnas. Por aquella formación pasaron, entre otros, Elvi­no Vardaro y Osvaldo Pugliese.
Compuso los tangos Floreal, La enmascarada y Soñando. Estos dos últimos fueron grabados por Carlos Gardel, Ro­berto Firpo y Juan Carlos Cobián.
Inesperadamente, fallece en plena juventud, el 14 de abril de 1925. Pero otras mujeres continuarían sus pasos: Fermina Maristany - quien llegó a presentarse en el Teatro Colón -, Margarita Sánchez Gasquet - más conocida como La Pochita -, Aurora Claudina - La cordobesita -, Haydee Gagliano - La Porteñita -, Aída Rioch y Nélida Federico - hermana de Domingo.
 
* PEDRO MAFFIA
 
Nació el 28 de agosto de 1900, en el barrio de Balvane­ra. Antes de los 10 años comenzó a estudiar piano hasta que poco después, gracias al milagro de una rifa, obtuvo su pri­mer bandoneón.
Sus primeras clases de música las cursó con el maestro José Piazza. Debutó como bandoneonista en el café de su padre. De allí en más se impuso su cometido exitoso: co­menzó a tocar junto a Roberto Firpo, José Martínez y Julio De Caro. En 1926 formó su primera orquesta con Pugliese en piano, De Lorenzo en contrabajo, Vardaro y Puglisi en violines y De Franco y él en bandoneones, e integró un dúo memorable junto a Pedro Laurenz, con quien compuso el tango Amurado.
De su legado melódico sobresalen tangos como Senten­cia, Ventarrón, Taconeando, Pobre gallo bataraz, Cornetín, Noche de Reyes, y La mariposa.
El fallecimiento de este maestro innovador en el domi­nio del fueye, acaeció el 16 de octubre de 1967.
 
* PEDRO LAURENZ
 
El recorrido vital de este otro grande del tango, se ini­ció ello de octubre de 1902, hasta que finalmente se detu­vo el 7 de julio de 1972.
Su inicio musical fue como violinista, pero luego - in­fluenciado por sus hermanos - comenzó a tocar "la oruga mágica", debutando aproximadamente en 1922, en un café de nuestra hermana ciudad de Montevideo. Tres años más tarde integró la orquesta de Roberto Emilio Goyeneche, pa­ra después pasar por el sexteto del gran Julio De Caro.
Laurenz (5) es marca de un estilo musical que se prolongó en bandoneonistas de la talla de Eduardo del Piano, Mauri­cio Chulman y Armando Brunini. Al igual que Pedro Ma­ffia, logró darle otra modalidad al fraseo orquestal.
Compuso muy buenos tangos y milongas como Risa lo­ca, Esquinero, Berretín, De puro guapo, Vieja amiga, Milonga de mis amores y Como dos extraños.
 
lII. El bandoneón en la orquesta
 
En sus versos titulados "Sinopsis de la historia del tan­go",(6) Enrique Cadícamo nos cuenta que a principios del siglo XX, en el tradicional café La castellana de la Avenida de Mayo, Roberto Firpo ejecutaba al frente de su orquesta, val­ses dirigidos al ambiente familiar que por entonces allí rei­naba. En otra estrofa de ese poema, el poeta reconoce la acertada innovación del pianista:
 
"Pero Firpo, después, tuvo la gran idea
de agregar a la orquesta, con fines comerciales,
un bandoneón... y entonces, ésta fue la polea
que puso en movimiento los turbios arrabales."
 
Si bien es cierto que Vicente Greco, antes que Firpo, formó un conjunto, innovando en el sentido de que por primera vez se incorpora un bandoneón a una agrupación de tango - en este caso, ejecutado por el propio Greco -, hay que destacar que Roberto Firpo fue el primer director que, sin ser bandoneonista, le sumó un bandoneón a su orquesta.
Así fue como Juan Deambroggio Bachicha y su fueye ca­denero se incorporaron al elenco de La castellana, que a partir de ese momento cambió definitivamente su clima fa­miliar: los valses fueron desplazados por los tangos y las mi­longas; y las damas mayoritarias, por la muchachada de los alegres barrios porteños.
 
IV. El fueye: musa de poetas
 
Muchas son las creaciones dedicadas al instrumento más representativo del tango. Sucede que el bandoneón ha establecido un vínculo entrañable con la sensibilidad de las almas; cuando éstas le hablan al fueye, de igual a igual, lo hacen mediante la poesía. ¿Hablarle a un instru­mento? Puede parecer algo extraño, pero no lo es; el bandoneón es un sentimiento sonoro que en el misterio de la espiritualidad tanguera, puede confundirse con un herma­no... un amigo... un hijo... una vida en común y com­partida.
 
Pascual Contursi (autor del histórico tango Mi noche tris­te) (7) en 1928 escribió Bandoneón arrabalero - cuya música fue declarada por Juan Deambroggio -, (8) donde hallamos estos mentados versos:
 
"Bandoneón arrabalero,
viejo fueye desinflado..
te encontré como a un pebete
que la madre abandonó. "
 
**********************************
 
"Has querido consolarme
con tu voz enronquecida,
y tu nota dolorida
aumentó mi berretín."
 
En Cuando tallan los recuerdos - tango que Enrique Cadí­camo escribió en 1939 con música de Rafael Rossi - encon­tramos la síntesis exacta de lo que un bandoneonista siente por su instrumento:
 
"Hoy la tarde está lluviosa,
Bandoneón, por los recuerdos,
y es por eso que me acuerdo
de mis tiempos de esplendor:
cuando alcé tu caja un día
en un lírico arremango
y ahí nomás me diste un tango,
un gran tango ganador. .. "
 
"Mi viejo fueye querido,
yo voy corriendo tu suerte.
Las horas que hemos vivido
hoy las cubre el olvido
y las ronda la muerte.
Mi viejo fueye malevo,
hoy, como vos, estoy listo
porque pa' siempre
dejé en tu registro
enterrao´ mi corazón... "
 
El genial Enrique Cadícamo es el autor que más tangos le ha dedicado alfueye; son tantos, que hasta suenan reitera­tivos: Mientras gime el bandoneón, Son cosas del bandoneón, No­tas de bandoneón, Solo de bandoneón, Sollozos de bandoneón, Viejo bandoneón... y la lista continúa con temas en cuyos versos menciona al instrumento: Che, papusa, oí! -"... los acordes melodiosos / que modula el bandoneón... "-, Nostalgias -"Gime, bandoneón tu tango gris... "-, A quién le puede importar -"...iche bandoneón! / que he sido bueno... "-, Pa' que bailen los muchachos -"hoy te toco, bandoneón, / iLa vida es una milon­ga!... "-, etcétera.
 
El tango Che, Bandoneón, compuesto en 1950 por Ho­rnero Manzi y Aníbal Troilo, es un turbio reflejo que aflora en una noche de confesiones. En momentos tan melan­cólicos, qué mejor consuelo que apoyarse en la caja del fueye para vaciar la angustia palabra por palabra y nota a nota, como si se estuviese liberando un gemido resignado:
" El duende de tu son, che, Bandoneón,
se apiada del dolor de los demás;
y al estrujar tu fueye dormilón
se arrima al corazón que sufre más. .. "
 
*****************************************************
 
"Tu canto es el amor que no se dio,
y el cielo que soñamos una vez,
y el fraternal amigo que se hundió
cinchando en la tormenta de un querer. . . "
 
Otro de los tangos conocidos de Manzi se llama Fueye - música de Charlo. Además compuso junto a Osvaldo Fresedo, un tema que ha quedado en el sueño del olvido: Bandoneón amigo.
 
En 1956, Cátulo Castillo escribió también con la cola­boración musical de Aníbal Troilo (quizás, el personaje más popularmente identificado con el fueye) el tango La última curda, en donde, al igual que Contursi, Cadícamo y Manzi, utilizó el diálogo para evidenciar la indisoluble fraternidad que une al bandoneonista con su instrumento conocedor de todos sus secretos, todos sus triunfos y fracasos:
 
"Lastima, Bandoneón, mi corazón
 tu ronca maldición maleva;
tu lágrima de ron me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva. . . "
************************************ 
 
"Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo;
marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda."
 
 El bandoneón siempre soporta a su socio, aunque se queje, y éste sabe que en esa caja negra, sus penas y alegrías consiguen la resonancia necesaria.
      Estos poetas han demostrado que sus musas encontraron en los suspiros del fueye, una lírica caricia. Los cuatro han coincidido en el desarrollo "dialogado" de sus tangos; un diálogo bilingüe, traducido por el espíritu tanguístico.
 Claro que no sólo ellos se han sentido inspirados por las quejas del negro pecho; es justo recordar otros títulos y poetas relacionados con este irreemplazable instrumento: Muchacho - Celedonio Flores -, Buenos Aires - Manuel Rome­ro -, Bandoneón - José González Castillo -, Mariposita - Fran­cisco García Jiménez -, Alma de bandoneón - Enrique Discé­polo -, Mi Buenos Aires querido - Alfredo Le Pera... en fin, la nómina no termina aquí; el fueye forma parte de muchos tangos más, por la sencilla razón de que éstos se han hecho para expresar sus plañidos.
 Una leyenda popular dice que nosotros - cultores del amor y la amistad - respiramos como un fueye que, al sus­pirar cada nota, va extendiendo un lazo para unir al arrabal. El bandoneón - convertido en un pulmón cadencioso que respira apasionadamente - purifica nuestro aire; el aire, oxi­gena nuestra sangre... y la sangre, al llegar al corazón, revi­taliza nuestros más auténticos sentimientos.
 
 
Notas:
 
1) Cadícamo sostuvo esta idea desde el poema Florida y Charcas, que forma parte de su libro Viento que lleva y trae (la edic.: 1945, Fermata; 4ta: 1994, Corregidor).
2) Nombre con que más tarde se apodó al bandoneón en alusión a su fuelle central, similar al instrumento que se utiliza para avivar el fuego, gracias a un sis­tema que le permite recoger el aire para luego expulsado como si se tratara de una espiración pulmonar.
3) A este tango, Enrique Cadícamo le adaptó una letra manteniendo su título. Posteriormente, escribió otra -la más conocida- que tituló Café de Barracas.
4) Esta es la fecha inscripta en su certificado de defunción, en donde además se asienta oficialmente que su deceso fue a causa de una tuberculosis pulmonar; sin embargo existen firmes sospechas de que su muerte acaeció unos días antes, a con­secuencia de una pelea que, por el amor de una mujer, mantuvo con un "apache" bravío.
5) En realidad su apellido era Blanco.
6) Pertenecientes al ya citado poemario Viento que lleva y trae.
7) Originalmente fue un tango instrumental de Samuel Castriota. Intitulado Lita. Contursi le adaptó letra en 1915 y dos años después fue estrenado por Carlos Gardel.
8) Horacio Pettorossi -uno de los guitarristas de Gardel- confesó que en reali­dad fue él quien compuso ese tango



BANDONEON SENTIMENTAL

Bandoneón sentimental:
cada nota que suspiras
es un lazo que se estira
para unir al arrabal,
porque del tango inmortal
sos el pulmón cadencioso
al respirar quejumbroso,
inflando tu negro pecho,
con tangazos que se han hecho
pa' que luzcas tu sollozo.

Tu origen es lo de menos,
lo destacable es tu acento;
aquí adquiriste tu aliento
saboreando tangos buenos
entre tus pliegues amenos
que aún se hamacan con polenta
por los vientos del noventa,
desplegando por el mundo
ese son que te hace oriundo
de la porteña placenta.

Sin dolores no caminas,
bandoneón sentimental;
si te ríes, un puñal
en tajarte se empecina,
y si lloras las espinas
de tu pena se agigantan,
entonces se te atragantan
dejándote enronquecido,
gritando un tango sufrido
¡que luego el pueblo te canta!

Ariel Carrizo Pacheco (1992)








 
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